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Sin brazos ni piernas, sólo la esperanza

Por John Quintero
Periodista

Chepita perdió sus brazos y piernas en un accidente de tren en Sonsonate el 11 de julio de 1980. 28 años después sigue trabajando para sostener a su familia desde su silla ruedas.

Foto: John Quintero

Con la fe puesta en Dios, Chepita ha confesado que le gustaría ser objeto de un milagro divino y así volver a caminar.

Después de trabajar todo el día como vendedora, Zoila Josefa Marroquín se dirigía a su casa a las 5:30 p.m. y al pretender tomar el tren en movimiento perdió el equilibrio y cayó sobre los rieles. Al instante, siete vagones cargados con café arrollaron su humanidad. Tenía 33 años de edad.

En el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) de San Salvador, 20 horas después del accidente, Zoila Marroquín recobró el conocimiento y le preguntó al médico que la atendía: "¿Dónde estoy? ¿Qué tengo?". Ahí supo que le habían amputado sus cuatro extremidades.

A 13 días del incidente ocurrido en El Zapote, departamento de Sonsonate, Chepita, como la conocen familiares y amigos, fue traslada al Hospital Primero de Mayo del ISSS, donde permaneció tres años y medio para la rehabilitación de su cuerpo debilitado.

Mientras estaba ingresada, psicólogos, terapistas y psiquiatras la animaban a ser una nueva persona. Pero ella sostiene que su principal ayuda vino del cielo. "Cuando busqué a Dios, pude darme cuenta que Él tenía un propósito grande", dijo en su casa en Ciudad Credisa, municipio de Soyapango.

Vida nueva

En el hospital, Chepita recibió tratamientos y aprendió a usar prótesis para poder escribir, pintar, subir gradas, ascensores, y para caminar. Luego de esfuerzo y tiempo, ella empezó a dar muestras de superación al ayudar en la alfabetización de adultos ancianos que también estaban ingresados.

"Quería tener mi vida ocupada en algo", dijo mientras recordaba momentos de dolor, y agregó que "terapistas y enfermeros mandaban a los demás enfermos a hablar conmigo, por mi espíritu". Según ella, estaba siendo útil para el hospital y cree que por esa razón no querían darle de alta.

Debido a su pronta recuperación y entusiasmo para continuar su vida, Chepita fue incluida por el doctor Alfredo Rivera para ser parte, por dos años, de la Asociación de Limitados Físicos de El Salvador (ALFES), donde impartía charlas a otras personas en la misma condición.

Con la voz quebrada, Chepita recuerda que su preocupación eran sus dos hijas, Claudia de siete años y Carolina de cinco; ambas quedaron al cuidado de la abuela, quien murió cinco años después. Desde entonces, ella tuvo que mantener el hogar desde su silla de ruedas.

Foto:John Quintero

Chepita lidera las actividades de venta en la Iglesia Pentecostal Unida Latinoamérica (IPUL), donde ella asiste.

"Me obligó a trabajar la necesidad de sacar a mis hijas adelante", recordó orgullosa porque ahora su hija mayor es licenciada en educación y la menor es abogada.

"Caro", como la llama su mamá, vive con ella y es una de las personas que la cuida, le da de comer y ayuda en las necesidades típicas de cualquier persona. Chepita es bien conocida por sus vecinos y con una sonrisa saluda a sus amigos al levantar su brazo más largo, el derecho, que está amputado unos centímetros debajo del codo.

Sobrevivir en San Salvador

Norma Margarita Hasbún, prima de Chepita, le costeó un viaje hacia Estados Unidos para que encontrara una mejor rehabilitación a la recibida en El Salvador. El 15 de julio de 1985 Chepita arribó a tierras estadounidenses y estuvo tres meses visitando centros terapéuticos.

Allá le ofrecieron residencia, pero ella rechazó la oferta. "Yo quería estar con mi gente", agregó convencida que en El Salvador podía seguir recuperándose. En agosto de ese mismo año, por medio del luchador Carlos Hernández, estuvo en San Juan, Puerto Rico. En los dos países recibió sesiones y dio testimonio de superación.

Luego de la experiencia en el extranjero, Chepita regreso a San Salvador con José Antonio Alvarenga, su actual esposo. Ellos se conocieron en el Hospital Primero de Mayo mientras eran internos. "Don Toño", como le dicen de cariño, tiene amputado su brazo izquierdo.

Pero la pensión, cuatro colones diarios, no alcanzaba para el sostenimiento del hogar, así que Don Toño empezó a vender ropa interior en las calles de San Salvador. Mientras tanto, Chepita organizó un grupo de empleados para la manipulación de plástico, papel y otros materiales reciclables que recogen en la zona franca de San Bartolo, y una vez limpios, lo venden a los tapiceros.

Cada día trabajan 10 horas, de 8:00 a.m. a 6:00 p.m., a bordo de un viejo Nissan Junior donde Chepita se sienta al lado de su chofer para negociar con sus clientes.

A sus 61 años, Chepita, oriunda de Santa Isabel Ishuatán, departamento de Sonsonate, reconoce que su gran deseo de superación la ayudó a salir adelante y el hecho de tener presente que como persona tenía valor, independientemente de su estado físico.

Ella se considera una persona completa, aunque con limitaciones, y desea tener un trabajo estable para el sostenimiento diario de su casa y que "alguna institución pueda brindarme la ayuda que los discapacitados necesitamos"; pero, aclara, "no como limosna, ni lástima, sino como persona humana que somos".

 

 

 

 

 

 

Salud actual
 
Chepita sufre de diabetes y cálculos en la vesícula.
 

Debido su enfermedad, ha dejado de trabajar en los últimos días. Ella está en espera de una operación que extirpe los cálculos en su vesícula.

 
La Constitución de la República de El Salvador
 
ARTICULO 2.- Toda persona tiene derecho a la vida, a la integridad física y moral, a la libertad, a la seguridad, al trabajo, a la propiedad y posesión, y a ser protegida en la conservación y defensa de los mismos.
 
ARTICULO 65.- La salud de los habitantes de la República constituye un bien público. El Estado y las personas están obligados a velar por su conservación y restablecimiento.