La calle: su escuela
Por
Susana Sánchez
Periodista
No espera al sol para levantarse. Su ánimo de ser el primero le obliga a madrugar hacia su puesto de trabajo. A Johny Salazar sólo le acompaña un limpia parabrisas de segunda mano, un pasado tormentoso y un presente incierto.
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Foto: Susana Sánchez |
Jhony Salazar. Un adolescentemás en los altos niveles de trabajo infantil. |
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El final del peregrinaje de Johny es el Boulevard de los Héroes, donde junto a más niños observa cómo su mundo gris se torna verde, amarillo y rojo.
Curiosamente, esta última luz del semáforo, la que es detestada por la mayoría de automovilistas, es la que el joven Salazar espera con ansias para limpiar los parabrisas de los carros que se detienen ante la señal de tránsito.
Johny forma parte de los 208 mil niños que, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), están inmersos en trabajo infantil en El Salvador, un dato que la misma organización afirma ha disminuido un 6% en los últimos cinco años.
El “Pachón” –como le dicen sus compañeros del semáforo- antes de comenzar a ejercer este oficio, al cual ha dedicado la mitad de sus 16 años de vida, estudiaba en el Centro Escolar Manuela Córdova, del departamento de Usulután, su ciudad natal.
Su infancia transcurría entre juguetes, maltrechos y tareas escolares interminables. Cursaba cuarto grado cuando su vida dio un vuelco inesperado.
Decidió salir de su casa por problemas familiares. “Mi mamá me pasaba golpeando. Mi hermano no me quiere y, como es soldado, me pegaba mucho también. Quería estar lejos de ellos”, confesó con una voz entrecortada, mientras espera la luz roja que lo avala a continuar en su rutina diaria buscando recompensa y bondad de los automovilistas, en forma de monedas o “si el corazón les da para más, también acepto billetes, lo que sea la voluntad de las personas”.
Jhony es uno de los 90 niños y adolescentes que el Instituto Salvadoreño de la niñez y adolescencia (ISNA) ha contabilizado en la capital de San Salvador.
Pasa el día entero limpiado los vidrios de algunos carros, con la esperanza firme de que en cada uno encontrará buenos samaritanos que recompensarán un trabajo bien realizado. Pero esto no sucede con frecuencia.
“La gente me ve de menos porque ando ropa vieja. Cuando no quieren dar se hacen los locos o suben los vidrios. Hay otros que a veces me gritan e insultan. Yo solo pido disculpas cuando se molestan”, detalló Salazar, sin entender ciertas reacciones de gente a la que él considera no les falta el respeto.
Historia frente un parabrisas
Johny no es retraído. Al contrario, le gusta hablar de sí, de su vida. Y es por eso que cuando el semáforo se pone en verde, sigue platicando con el mismo entusiasmo con el que corre en el cambio de luz. Desea contar su historia, no se avergüenza de narrar hasta el último detalle de su existencia.
Pero ocho años en la calle, han sido suficientes para que Johny entienda que su subsistencia no está asegurada en una sola actividad. “Trabajo de lo que caiga. Hago de todo, con tal de que me den pisto; pero lo que más me da es limpiar parabrisas; saco de siete a diez dólares diarios y los fines de semana hasta 17 dólares”, dice el adolescente.
Comenta que el dinero que gana lo ocupa, más que todo, para comer. “A veces gasto 0.50 centavos en desayuno, 1.25 de dólar en almuerzo y un dólar en la cena, más el café de la tarde que son 0.35 centavos”, explica mientras se sienta en la acera.
A veces, el dinero, también lo invierte en pasajes de bus, dado que tiene otros lugares de operaciones, según dice. “Cuando ya no quiero estar acá (San Salvador), viajo a San Miguel y Usulután, porque allá tengo otros conocidos. Aunque los de acá me ayudan cuando pueden”.
El rechinar de las llantas indica la reanudación del trabajo. “Espéreme que ahorita me toca”, grita mientras corre a limpiar la mayor cantidad de carros que puede antes de regresar a platicar. “Es que tengo que aprovechar, porque estas horas son en las que puedo ganar más. Tipo nueve ya descanso”, explica.
“Hay que esperar, otra vez, el semáforo”, dice ya con voz agitada, después de la carrera. Toma agua sin descansar, de una botella que lleva con él. “Si no tomo agua, me canso más rápido”, aseguró.
Deja que el semáforo se ponga dos veces en rojo y no asiste. Mientras los demás niños, cada uno con su historia, siguen limpiando. “Levantate, sigamos que se nos va a pasar la hora”, exclama Nancy Flores, de 17 años, otra niña que también limpia parabrisas para ayudarle a su mamá.
-¡Ve! Yo ya llevo cuatro dólares-, dice “el Pachón” a Nancy, como quien se jacta de la buena fortuna que le ha acompañado.
-¡Púchica, que suerte la tuya! -, responde Nancy.
Ya son las nueve con treinta minutos. El sol está más fuerte. El cansancio es evidente. “Algunas personas me dan comida, pero prefiero el dinero, así como poquito y guardo un poquito de dinero para más tarde”, dice Jhony.
Trabajo extra
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Foto: Susana Sánchez |
Limpia parabrisas hacen trabajos extras para ganar más dinero. |
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A las diez de la mañana, llegan los trabajadores de una casa, ubicada atrás de una gasolinera cercana al semáforo, a ofrecerle dos dólares para que les ayude a botar ripio. Él acepta gustosamente. “Yo trabajo en lo que caiga”, había dicho antes.
-¡Vamos Amílcar! ¿No querés más pisto? ¡Apurate! – le pregunta Johny a Amílcar, un niño de 14 años, otro de sus fieles compañeros que también limpia parabrisas. Amílcar accede sin dudar.
Nancy asegura que siempre llegan a buscarlos para que hagan otros trabajos similares. “Vienen seguido, pero solo quieren varones; porque dicen que no es trabajo para niñas”, subraya la joven.
Entre el ripio, Johny como pepenador experimentado, otro de sus oficios, separa el aluminio existente a sabiendas que obtendrá algún dinero por este material. Es otra forma de conseguir ganancias mientras trabaja.
Con su reloj biológico funcionando a la perfección, Salazar se percata que es hora del almuerzo, por lo que considera que la narración de la historia de su vida puede esperar un par de horas más.
Otra jornada
Un poco más tarde de los usual, Johny comienza su jornada vespertina a las tres de la tarde, pues debía buscar un lugar seguro donde dejar el aluminio sin que otra persona lo tomara como propio.
“De tres a seis (de la tarde) pasan bastantes carros. De aquí, hasta cuando aguanto. Luego tengo que buscar a dónde voy a dormir”, comenta el joven.
Son las cinco de la tarde. Y el cansancio pone fin a su día de trabajo. Johny no puede limpiar un parabrisas más. Tiene recolectado 11 dólares.
Necesita descansar, pero antes tiene que buscar su acera. “No sé a dónde voy a dormir hoy; en lo que camino encontraré algo tranquilo, cerca de un vigilante, para que no me vayan a robar”, añade.
Así termina un día más de este adolescente, con sueños e ilusiones, a quien la vida le está haciendo aprender más rápido de lo normal en la mayor escuela de todas: la calle. |