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Héroes anónimos

Por Miriam Hernández
Periodista

Muchas veces se identifica a los médicos del ISSS como ineficientes, pero más allá de los quirófanos y los hospitales está también su vida personal y sus pasatiempos.

Foto: Miriam Hernández

La mayoría de médicos residentes sacrifican celebraciones familiares y eventos importantes por dedicarse de lleno a su profesión y a sus pacientes.

Se preparaba para salir. Tenía puesta su mochila en la espalda y las llaves de su carro en las manos. El sol apenas y salía. El reloj marcaba las 5:30 de la mañana y el día iniciaba para la doctora Rocío Mendoza, residente de cuarto año de anestesiología del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

Entra al vehículo y se dirige a un nuevo comienzo. La rotación por el área de cardiología en el Hospital Médico Quirúrgico, mejor conocido como MQ, le da la bienvenida. “Es mi primer día en cardio”, explica.

A medio camino una llamada urgente interrumpe su viaje. Se trata de la cirugía de emergencia de uno de los pacientes que había dejado el día anterior. “Ya voy, estoy a tres minutos de ahí”, responde.

Tiempo después, se divisan dos uniformados que custodian las puertas. En la entrada, baja el vidrio de su vehículo y saluda. Luego, busca donde estacionarse. Cerca de la puerta principal de acceso hay un espacio vacío. Lo toma.Al bajarse se coloca el bolsón, alcanza su estetoscopio y se lo cuelga en el cuello. Tampoco deja su celular y decide caminar rápido hacia el interior del centro médico.

El rótulo de EMERGENCIAS da el recibimiento a pacientes y doctores. Muchos de los que están ahí tienen cara de desvelo. En la entrada, en el pasillo principal, una joven llora. Trata de explicar por el teléfono a su madre que su hermano Daniel se cayó cuando salieron de la casa, con rumbo a la escuela, y se fracturó el brazo.

Más allá, los médicos que han quedado de turno, desde la noche anterior, aún pelean con la fuerte demanda de enfermos que a diario recibe el hospital. “Buenos Días, doctora” saludan algunas de las enfermeras, personal de limpieza y médicos que se encuentra por el camino.

Foto: Miriam Hernández

La doctora Mendoza labora hasta 12 horas diarias y realiza turnos que equivalen a un día y medio de trabajo.

Ahora son las 6:15 de la mañana y ya está todo listo para la cirugía del paciente por la que la llamaron más temprano. Entonces se divisa un letrero que reza “sala de emergencia”. “Doctora, ella es la paciente que está lista para la cirugía”, le explica uno de los residentes de menor rango a la médico.

¿Qué tal, cómo está?, pregunta la residente ala paciente. “Bien, doctora. Sólo algo nerviosa”, le responde la interna. “No se preocupe. Ahorita va para sala, en menos de dos horas ya estará afuera”, contesta. Se acerca entonces el grupo de médicos a cargo y desaparecen por el pasillo.

Para ese momento son casi las siete de la mañana. Sale de esa área y pasa por el cuarto de residentes. Toma la gabacha y todo lo necesario. Deja sus tacones y los cambia por tenis. El traje de turno sustituye el elegante traje negro y rojo con el que había dejado su casa. “Tengo que entrar a sala”, explica. Después de la transformación, camina por el pasillo y se esfuma entre medio de la puerta gris que da paso al quirófano.

A media mañana la cirugía termina. Hay que darse una vuelta por el cafetín para ver si se puede comer algo. Un jugo en lata y una barra nutritiva son su desayuno. Tras consumirlos rápido, vuelve al área de encamados. “Señorita, señorita. Háblele al doctor y dígale que ya me quiero ir”. “No se puede ir porque su operación ya está programada”, le explica la doctora a una de las pacientes.

“Coff, Coff”. Tose otro de los internos. Mientras tanto se dirige a otra paciente. Realiza algunas preguntas de rutina preoperatorias. “Buenas, niña Ana Victoria ¿Es alérgica a algún medicamento? ¿Cuántas veces ha sido operada? ¿Padece de Diabetes o hipertensión?”. Y así continúa.

Tras el interrogatorio se sienta en uno de los escritorios, toma una hoja de observación de pacientes y transcribe las respuestas de doña Victoria. “Doctora, ya está listo el paciente para entubarlo”. “Ahorita voy señorita Cruz”, responde a una de las enfermeras. “sólo termino con la señora”.

Entuba luego al paciente que después es remitido a cirugía. Preparan entonces a la niña Victoria y vuelve a cerrarse la puerta de otra de las salas. Son ahora las tres de la tarde. Nada todavía. Veinte minutos después se escuchan voces. Todo salió bien.

¿No va a salir a comer? Pregunta uno de los subalternos. “Ya casi. Sólo voy a premedicar a los pacientes que hay que operar mañana”, responde la doctora. Para las 4:30 de la tarde ha terminado esta tarea.

Ha sido un día muy fructífero. Siete operaciones realizadas. Entre las aprobadas, las supervisadas y hasta las hechas por ella misma, todo parece indicar que la jornada estuvo tranquila. “Por lo menos hoy comí un poco en la mañana. En otras ocasiones si logro consumir algo es porque una de las enfermeras o ayudante de servicio me lo trae”, comenta, mientras camina de nuevo al cuarto de los médicos para cambiarse de traje.

Vuelve a la formalidad y entonces pasa de médico a estudiante. A las cinco de la tarde, todos los residentes de anestesia de cuarto año se reúnen para su clase diaria. Tras una sesión didáctica que dura 45 minutos, todos (excepto el que queda de turno ese día) toman sus pertenencias y se retiran.

Dejan atrás su vida profesional. Caminan cansados y satisfechos, de nuevo, por uno de los pasillos. Pero no es un corredor cualquiera. Este es el camino que los llevará a probar por unas pocas horas el placer que da el descanso.

Son las 6: 20 de la tarde. Comienza a anochecer. El tráfico vehicular es otro de los obstáculos que hay que enfrentar. Casi a las 7:00 llega a su casa. Apenas y puede cargar con la mochila. El cansancio es ya suficiente peso. “Comeré algo ligero, sino me duermo y todavía tengo que preparar un tema para la clase de mañana”, dice.

Apenas una hora después, enciende la computadora. Despliega dos libros, de entre 800 y 900 páginas cada uno, y decide leer, leer y leer. Y así, entre trabajo y más trabajo se dan casi las 12 de la media noche. Entonces termina su tarea. Se despide así de ese día, mientras espera el otro que comenzaráa penas en cuatro horas y media.

 

 

 

 

 

Para tener una idea:

 

El ISSS sufre de sobresaturación de consultas y emergencias. Muchos de los médicos que laboran para esta institución apenas y pueden cubrir las necesidades básicas que se tienen.

Según datos del ISSS, al año se realizan un aproximado de 155 mil cirugías y se hospitalizan cerca de 485 mil personas.

Cada año cientos de médicos se examinan para obtener una plaza de residente en el ISSS, pero sólo se contratan de tres a cuatro profesionales por especialidad.