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Manteniendo vivo su recuerdo

Regina Romero
Redacción

Francisco Antonio Lara, escritor de poesías infantiles y creador de poemas musicales. Nació el 3 diciembre de 1900 en el seno de una familia muy pobre en el Departamento de Santa Ana.

Foto: Archivo familiar

Después de tantas vivencias a lo largo de los años, en los cuales Pancho Lara disfruto gran parte de su vida. Todos esos esfuerzos se terminaron con su muerte el 5 mayo de 1989.

Desde los 15 años, Pancho Lara se comenzó a interesar por la música. Según dice Mireya de Ferrufino, nieta de Lara, “mi abuelo nació con ese Don, lo único que lo fue mejorando a través que el tiempo pasaba”. No estudió música en ningún colegio, si no que lo aprendió de oído y prestando libros, leyéndolos para aprender cada vez más.

La única persona que lo ayudó y lo guió para que aprendía a componer fue Francisco Luarca, maestro que tuvo cuando estudiaba primaria. Luarca, le enseño sus conocimientos y de ahí partió él para seguir con la música

A la misma edad de 15 años, escribió sus primeras estrofas de canciones infantiles. “Mi mamá me contaba que sacaba el sonido con su guitarra, comenzaba a cantar y al mismo tiempo iba escribiendo la canción”, comenta Francisco Asdrúbal Lara, hijo de Pancho.

Aprendió a tocar varios instrumentos; guitarra, violín, piano, marimba, pero la guitarra siempre fue su instrumento y amiga inseparable.

Por el mismo hecho de pertenecer a una familia muy pobre, Pancho Lara se vió en la necesidad de dejar sus estudios para ayudar a sus padres. Pero a pesar de todas estas piedras en el camino, estudió por las noches graduándose del desaparecido Colegio Moderno.

Vivió en Santa Ana, después él y su familia emigraron a San Salvador en búsqueda de una mejor vida. A la edad de 20 años consiguió trabajo como profesor de música en la Escuela Rural “Flor Amarilla Abajo” de Santa Ana.

Contrajo matrimonio en el año 1929 con Rogelia Rivera, procrearon tres hijos. Antes de casarse y de conocer a la quien fue su esposa para toda la vida. Pancho Lara, procreo una hija, Esther Lara. Nunca vivió con él, pero siempre lo veía. Ella actualmente mantiene contacto con sus hermanos, aunque no con la misma frecuencia como cuando aun estaba con vida Pancho.

Tenía una forma muy peculiar para componer, escribía donde estuviese y de lo que se le viniera a la mente en ese momento. “Mi abuela nos contaba que él era bien especial para eso, en la madrugaba se despertaba escribía con yeso en la paredes, en las puertas, o en el piso”, comentó Mireya Ferrufino.

Ideas venideras

La familia Lara esta luchando porque no se pierda el legado que dejo Pancho Lara, desean que se siga recordando el nombre del compositor. Tienen varios planes en mente.

Uno de ellos es hacer un museo dedicado a Pancho Lara, en el que contenga sus más preciados recuerdos, entre estos, partituras de sus canciones, su ropa, su guitarra, su sombrero, sus libros, entre otras cosas. Este es un plan que ya esta bastante encaminado y se pretende que este año se inaugure dicho museo.

También pretenden sacar un disco con las 16 mejores canciones de Lara, están todavía en el proceso de elegirlas. “Es difícil entre 205 canciones, escoger las mejores”, comenta Ferrufino.

Aunque para algunos Pancho Lara no sea más que un músico si “innovación alguna”. Para la familia y personas que viven en el extranjero siempre lo van recordar como un buen músico y compositor, que dejó un importante legado cultural musical que hay mantener vivo.

Por su parte la familia Lara siempre lo considerar un icono cultural de El Salvador. “estamos luchando para que las nuevas generaciones lo recuerden como tal”, afirma Mireya Ferrufino.

Mostrando la cultura musical

En el año de 1930, el estado le encomendó a Pancho Lara iniciar una gira por toda Centroamérica, para que diera a conocer su música en otros países. Permaneció fuera del país durante quince años.

En 1954 viajó a un seminario en México, Distrito Federal. El seminario se titulaba, “Lo español en la creación artística”, ahí se reunieron figuras importantes de México, como Lucha Villa, Jorge Negrete; entre ellos intercambiaban conocimientos musicales y le ayudaban a Pancho Lara a crecer en el mundo de la música.

En los años 60's se trasladó a España, siempre con el mismo objetivo de mostrar la cultura musical salvadoreña.

Los viajes que realizó a distintas partes del mundo le sirvieron para ir creciendo como persona, músico y compositor. “Las giras le sirvieron para adoptar nuevos conocimientos musicales, por eso se dice que su música tiene moldes europeos”, comenta Ferrufino.

Una visión diferente

Para las personas salvadoreñas radicas en otros países, Pancho Lara es de gran importancia y es un símbolo emblemático de El Salvador, ya que con las composiciones que realizó, entre estas las Cortadoras, Chalatenango, Jayaque, el Carbonero, los hace recordar al país de su procedencia.

De las 205 canciones que escribió, el Carbonero es una de las composiciones más sobresalientes de Lara. Es llamada por todos el segundo himno de El Salvador, el cual fue escrito entre los años de 1934 y 1940.

Para la Coordinadora de Investigación Artística de CONCULTURA Marta Rosales. Las obras de Lara, en cuanto a diseño ritmico-melódico y armónico no han ido más allá que lo que hicieron otros músicos que le antecedieron; tampoco rebasó las tendencias estilísticas decimonónicas. Sus textos costumbristas no han mostrado la mirada realista ya instalada en la literatura salvadoreña. “Pancho Lara no realizó innovaciones o aportes especiales a la música salvadoreña”, afirma.

Para Rosales, las obras de este músico, han adquirido una connotación injustificada por parte de la gente. Para poder entender el porque se han convertido algunas de sus piezas en iconos de la cultura musical salvadoreña hay que entenderlas y explicarlas desde un enfoque histórico-cultural.

Según la coordinadora artística, este enfoque se debe a l a falta de investigación en pequeñas dosis y en la gestión cotidiana que se podría traducir como “falta de consulta”. “Debido a esta tendencia común muchas personas (políticos, funcionarios e incluso académicos) han ponderado la figura de Pancho Lara como el gran músico salvadoreño”, comenta.

Por esta razón Marta Rosales, opina que por el mismo desconocimiento que hay del acervo musical salvadoreño, aún se puede encontrar una gran cantidad de personas y medios de comunicación actuales, que continúan fortaleciendo a Pancho Lara como símbolo de nuestra música.

Otras facetas

Además de ser músico y compositor, a finales de los años 40 y principios de los años 50. Escribió columnas y crónicas para La Prensa Gráfica y el Colatino. En este último tenía una columna que se llamaba “Cartas a bismuto”, la nombro así, en honor a su perro. Era una conversación entre él y su mascota. Narraba y comentaba vivencias, situaciones que veía o que le ocurrían.

“El nombre del perro no se lo puso por nada en especial, simplemente se le ocurrió, él ponía nombre raros a las mascotas”, comenta Mireya. Según su hijo Asdrúbal, a todos los animales que tuvo les ponía nombres muy simpáticos, “olvido”, “capullo”, “niño”. Todo esto se debía a la creatividad y espontaneidad que tenía. “siempre fue muy ocurrente”, dice.

Un triste final

Murió el 5 de mayo de 1989, debido a una complicación de enfermedades que ya venia padeciendo desde años atrás. El último año de su vida lo paso la mayor parte del tiempo en el Hospital Rosales, lugar donde murió.

Después que el gobierno lo ayudó y lo apoyó mientras estaba bien y ejercía su faceta de compositor, a la hora de su deceso lo olvido por completo. “No recibo ayuda alguna mientras el estuvo mal”, comenta Francisco Asdrúbal. Pero un mes después, en la Asamblea Legislativa lo nombraron hijo meritísimo de la Republica. “Lastima que lo hicieron después de su muerte, pero igual se les agradece”, dijo Mireya.