Pobres que ven pasar fortunas
Edith Portillo
Redacción
Rosa Amelia tiene 85 años y 43 de vender billetes de lotería en la ciudad capital, San Salvador. En medio de una calurosa tarde de sábado que transcurre con pocos clientes, la barbilla de “doña Rosita”, como la conocen en su lugar de trabajo, termina por posarse sobre su arrugado brazo izquierdo mientras este se apoya en una carretilla de supermercado.
 |
Foto: Edith Portillo |
El 60% de los vendedores de lotería son de la tercera edad, según los datos de la Lotería Nacional de Beneficencia (LNB). |
|
Desde hace más de 30 años, esta anciana llega todos los días a las nueve de la mañana a las afueras de un supermercado ubicado en la colonia Escalón, luego del viaje rutinario desde el centro de San Salvador, donde se encuentra el mesón en el que alquila un cuarto para ella sola. Sus tres hijos, dice, solo la llegan a ver “de vez en cuando”.
Con ella, en los alrededores de la tienda, está Angelina Castillo, otra anciana de 72 años que, como más de 18 mil personas de la tercera edad en este país, se dedica también a la venta de billetes de lotería.
“Yo comencé a vender cuando me quedé sola porque me separé de mi marido. Hoy ya tengo varios años de venir aquí; pero no crea, la venta no anda muy bien desde que se vino la dolarización”, cuenta doña Rosita, interrumpida por la llegada al supermercado de una de sus clientas habituales.
“Vaya, niña Alicia. La grande, 125 mil (dólares) de la grande en este sorteo. ¿No me va a llevar?”. Esta vez la clienta no compró, tras afirmar que “ahorita no ando, madre. Para la otra semana”.
La ansiedad de doña Rosita por vender sus billetes no es en vano, pues de ello depende incluso la alimentación del día. “Viera, si hay días que solo pedacitos vendo (…) Lo feo es cuando uno llega a lunes y todavía tiene hasta tres billetes completos que vender. Cuando es así ya mejor ni para el almuerzo gastamos”, lamenta la anciana.
Cada billete de lotería está compuesto por 20 partes llamadas “vigésimos”, que pueden ser compradas individualmente por los clientes, a un precio de un dólar con 25 centavos cada una. Por cada billete liquidado, los vendedores logran una ganancia de cinco dólares.
Los fondos obtenidos por la Lotería Nacional de Beneficencia (LNB) son luego invertidos principalmente en el área de gestión social. Este año, la inversión más tangible con estos fondos ha sido destinada al Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos (ISRI), para un proyecto de reinserción laboral de personas discapacitadas. Además, según expresó en marzo pasado el presidente de la República, Antonio Saca, se estudia la posibilidad de que parte de lo recogido por la LNB pase a alimentar el presupuesto del Fondo Solidario para la Salud (FOSALUD).
Una labor de pocos beneficios para adultos mayores
De acuerdo con los datos de la Lotería Nacional de Beneficencia de El Salvador (LNB), fundada en 1870, hay unos 30 mil vendedores en todo el país que compran directamente a la LNB.
Por lo menos un 60% de estos, asegura Ana María Sermeño, jefa de ventas de la LNB, son personas que superan los 60 años y, en su mayoría, son hombres. Sin embargo, al no ser oficialmente empleados de la Lotería, no cuentan con prestaciones como la de seguridad social, sino que únicamente se les da “una bonificación” al final de cada año.
Una de las ventajas que sí ofrece la legislación alrededor de esta labor a los adultos mayores es el acceso a créditos para la compra de billetes. Según el Reglamento de Crédito para la Adquisición de Billetes para los Agentes Vendedores de la Lotería Nacional de Beneficencia, solo pueden acceder a créditos las personas “mayores de edad, de conformidad con la ley”.
El mismo presidente de la República mencionó la importancia de las facilidades concedidas a quienes se dedican a este oficio. “Recordemos que la Lotería ha llevado alegría a miles de hogares salvadoreños y se ha constituido en fuente de trabajo para sus vendedores”, dijo Antonio Saca a mitad del año pasado, en un acto de celebración del CXXXV Aniversario de la LNB.
Doña “Rosita” es una de las personas que trabaja con crédito, dando liquidaciones parciales cada semana, un día después de realizado el sorteo de la lotería. El interés cobrado a los “billeteros”, según reza el reglamento de la LNB, es el máximo sobre créditos hipotecarios vigente a enero de cada año. Traducido a los números de esta vendedora, “me quitan como 12 ó 14 centavos de dólar por cada billete”.
Pero además de los “billeteros” que trabajan de forma directa con la Lotería, “hay unos 7 mil que son revendedores”, explica Sermeño. Estos, por lo general, compran los billetes a mayoristas que exigen menos requisitos formales para acceder a créditos, pero a un precio más alto.
Este es el caso de doña Angelina, que lleva tres años trabajando con mayoristas. “Es un poquito más caro, pero al final creo que es más fácil. Lo malo sí es que con la Lotería se le sacan 5 dólares (de ganancia) a cada billete y ya con mayorista solo se le sacan solo 4”, explica.
Registrados o no como vendedores oficiales, las condiciones laborales de los vendedores de lotería en El Salvador los ubican como parte del 49.8% de trabajadores informales que, según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples, había en el país al menos hasta inicios del año pasado.
“ Las bajas tasas de desempleo de los últimos años coinciden con un deterioro de la calidad de los empleos que se generan; desde finales de los noventas se ha observado una mayor precariedad en los empleos y a partir de 2000 los niveles de empleo en el sector informal han venido creciendo”, valoró la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) en un informe sobre desempeño económico y del mercado de trabajo de El Salvador, publicado en 2005.
Las estadísticas no solo son desalentadoras cuando se refieren al sector informal en El Salvador. De acuerdo con la misma encuesta del año pasado, el subempleo en el país alcanza el 35.4% y el 56% de los salvadoreños no tiene acceso a la seguridad social. Además, según los últimos datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) actualizados hasta 2004, el desempleo es de un 6.8%, solo nueve décimas porcentuales abajo del promedio para Latinoamérica.
Con los riesgos de un país inseguro
Sumado a los pocos beneficios para el trabajo de los “billeteros”, el peligro de abordar el transporte colectivo y ser asaltado es también otra desventaja que deben sortear a diario estas personas.
“A mí me han asaltado tres veces ya. ¡¿Y qué hace uno si le quitan la venta de los billetes?! Toca fregado porque después uno se va atrasando con el crédito y son más intereses (…) Pero yo igual mejor les doy lo que me pidan, a la pobre niña Angelina una vez toda golpeada la dejaron porque no les quiso dar”, cuenta doña Rosita.
Ante el riesgo que corren en el transporte público, a las ancianas no les queda más que tomar las precauciones a su alcance. “Hoy mejor trato de no irme muy atrás en el bus. Después de eso estuve como tres semanas sin poder venir a vender”, dice Angelina.
La preocupación de estas dos ancianas “billeteras”, a la luz de las estadísticas oficiales, va de la mano con la situación de violencia e inseguridad en el país, donde cada día se registran entre 10 y 11 homicidios, según los datos de la Policía Nacional Civil (PNC).
Pese a las adversidades, doña Angelina cree que la venta de billetes es la única opción que tiene para contribuir en los gastos de la casa que sostiene con su hija, dando siempre a cada cliente un saludo de “buena suerte”, tras haber vendido algún vigésimo para el sorteo de 125 mil dólares de “la grande”.
El consuelo de esta anciana se traslada justamente a sus compradores, al asegurar que ella ya ha “dado un segundo premio (de 30 mil dólares) vendiendo aquí. Y aunque al final ese pisto no le quede a uno, la verdad es que igual yo me alegro cuando un cliente mío gana porque entonces me va a seguir comprando. El cliente busca al que le da de ganar”.
Amparados en la fidelidad de sus clientes si le “pegan a la grande”, los miles de vendedores de lotería de todo el país continúan en las calles, enfrentados a la inseguridad pública y una situación laboral hostil, deseándole siempre a otros la suerte con la que ellos no han corrido. |