Finca San Antonio: Un tesoro oculto en Occidente
Margarita Salguero
Redacción
Una larga pared anaranjada con ventanas de madera aparecen en la “Ruta de Las Flores”, en el Departamento de Sonsonate. Si el visitante continúa dos metros de su marcha, un amplio portón de madera, con suelo empedrado, lo invitan a conocer la finca “San Antonio”, un lugar en Juayúa que ha sobrevivido a través del tiempo y que está dispuesto a revelar su historia.
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Foto: Margarita Salguero |
Vista de los patios donde era secado el café luego de recolectarse. |
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Esta finca se construyó en 1920. Sus dueños pertenecen a la familia Alvarado Durán. La extensión de esta propiedad consta de cuarenta y siete manzanas, las cuales incluyen plantaciones de café, así como toda la infraestructura donde este cultivo era procesado.
De hecho, el Consejo Salvadoreño del Café, manifiesta que “las primeras plantaciones de este grano, “se realizan el año 1860 en el área de Salcoatitán y Juayúa”.
Los patios donde se lavaba y secaba el café, en la finca San Antonio, aún permanecen íntegros. Al continuar el recorrido, se encuentran básculas antiguas, bodegas que permanecen bajo llave; pero que al asomar el ojo por las rendijas de sus puertas, se descubren costales almacenados.
La casa de los patrones traslada de inmediato hacia el pasado. Retratos antiguos de parientes fallecidos, camas donde las nietas descansaban y armarios están como guardianes amenazantes para que cualquier intruso trate de no permanecer mucho tiempo en el lugar.
La jornada comienza
La rutina de los cortadores iniciaba entre las seis y siete de la mañana. La mayoría de ellos provenía de la zona de Nahuizalco. El café recolectado se presentaba entre las tres o cuatro de la tarde.
“Antes había bastante gente trabajando. Eran alrededor de treinta hombres y treinta mujeres los que circulaban por esta finca todos los días”, comenta al respecto don Félix Alberto Tadeo, colono del lugar.
El sistema de pago era en efectivo. La arroba costaba 30 centavos de colón. Sin embargo, los jornaleros tenían derecho a reclamar una ficha triangular, la cual equivalía a 50 centavos.
De llegar a recolectar seis arrobas, podían reclamar una ficha circular, la cual equivalía a tres colones. Con el correr de los años, la arroba llegó a pagarse hasta sesenta centavos de colón, comenta al respecto don Félix.
Durante los meses de la cosecha; es decir, entre octubre y noviembre, los cortadores solían dormir en los pasillos de la finca. En sus ratos libres, los hombres jugaban fútbol en los patios donde se secaba el café y las mujeres, por su parte, charlaban o descansaban.
Del “café uva” a “café oro”
Antes de que el grano llegara a los beneficios, éste seguía diversas transformaciones. Cuando estaba recién cortado, se le denominaba “uva-rojo”. Al colocarlo en los patios para que recibieran la luz solar, se le nombraba “cereza”. Luego de estas transformaciones, era enviado a los beneficios de Sonsonate.
En 1945, el beneficio “Buena Vista” era el que recibía la mayor parte de café de la zona de Juayúa, hasta 1982. Ahí trillaban el café y lo convertían en “café-oro”, listo para la exportación.. Luego de la destrucción de éste, la cooperativa “Los Cañales” se encargó de este proceso.
Don Félix Tadeo opina acerca de la situación actual de la finca: “Antes se producía más. Hoy no son iguales las cosechas. La producción ha bajado”, manifiesta con serenidad.
De acuerdo con el Consejo Salvadoreño del Café, la Guerra Civil en El salvador y la baja cotización en el mercado internacional, hicieron que El Salvador perdiera protagonismo en la comercialización de este producto.
Según el colono, hace 10 años, la finca recolectaba hasta mil 300 quintales de café oro. El año pasado sólo se recolectaron ciento veintidós.
“Temen que el precio del café baje y los deje enjaranados (a los propietarios). Esa es la razón por la que ya no es igual.”, deduce este trabajador.
Así como la producción del café bajó, así también disminuyó el número de empleados de la finca. De 150 cortadores que llegaban a la finca, ahora aparecen sólo 14 jornaleros en las planillas de salarios que don Félix elabora.
¿Y ahora qué?
Si bien la finca no posee la misma actividad que antes, los colonos y unos tres empleados más, dedican su tiempo a la poda y a la resiembra del café. Incluso, están cultivando otros productos como el naranjo, el güisquil y el loroco. Es decir, la corta de café siempre existe pero en menor grado.
Para solventar otras necesidades económicas familiares, cuentan con el apoyo económico de algunos de sus hijos residentes en Estados Unidos.
La pareja de colonos, a pesar de todas estas adversidades, dicen sentirse felices en el lugar, pues la relación con los patrones siempre ha sido buena y les han facilitado vivienda y servicios básicos.
Los “otros” habitantes
Como todo lugar antiguo, siempre existen historias de espantos que le erizan el cabello a cualquiera. Don Félix cuenta que en los años sesenta, cuando sus hijos estaban pequeños, escuchaban pasos bastante fuertes a media noche por las orillas de la finca.
Cuando salían, no había nadie. Entonces hicieron un retiro para alejar a esa “alma en pena”. Dos días después, escucharon cinco gritos en toda la finca. La esposa todavía se atrevió a exclamar: “¡Te cogió la noche!”. Aquel espanto desapareció desde entonces.
Margarita Morales, una anciana de 78 años de edad, cuenta que estaba realizando las labores domésticas en la casa de los patrones. En ese momento, como a las once de la mañana, su nieto se despidió de ella. Margarita siguió con sus tareas. De pronto, escuchó entre el silencio del comedor, una voz masculina bastante ronca diciéndole: “¡Abuelita!”. “Era como que si alguien estaba ahorcándose”, manifiesta con aflicción.
De acuerdo con la alcaldía de Juayúa, la finca San Antonio no aparece como patrimonio cultural en los inventarios que les ha proporcionado CONCULTURA. “Sólo están registradas las del centro histórico”, comenta al respecto Carlos Sánchez, empleado de catastro de la municipalidad.
La caída de los precios internacionales del café representó la pérdida de la actividad económica más importante con la que contaba el país. Esta situación provocó que muchos perdieran sus fuentes de empleo y optaran por otras formas de subsistencia. Por ejemplo, la búsqueda de trabajo en el exterior.
Mientras tanto, las fincas cafetaleras siguen ahí, paralizadas y cuyo remedio final es mostrar que el país fue, en el siglo pasado, un exportador de ese grano que alguna vez nos ha quitado el sueño. |