Angustia y esperanza de una indocumentada
Jessica Valdez
Redacción
Rafaela Ortiz, de 60 años, ha regresado a El Salvador luego de estar 10 años como ilegal en Estados Unidos. Ella formó parte de los 400 mil salvadoreños y salvadoreñas indocumentados en Los Estados Unidos, según estudios de British Broadcasting Company ( BBC ). Pero también fue de las que se fue sola, sin contratar un “coyote”.
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Foto: Jessica Valdez |
Angustia y esperanza. Rafaela Ortiz, recuerda su historia como si hubiese sido ayer. |
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Era 1991, un 26 de noviembre, cuando Rafaela decidió irse de su pueblo Ahuachapán. Durante el transcurso del viaje, que duró una semana y media, no hizo otra cosa más que encomendarse a Dios. Tuvo que esconderse hasta de su propia sombra, no confiaba en nadie; preguntó sólo lo necesario. “Yo sabía a lo que me estaba exponiendo, cuando me fui de esa manera”, contó.
Al llegar a La Concordia, en México, buscó a un coyote, llamado José, el cual su sobrina Cecilia Rodríguez, residente en los Estados Unidos, había contactado. La pariente le había dado los nombres de los buses, y a qué hora abordarlos para poder llegar a Tuxtla Gutiérrez, cerca de la frontera estadounidense.
“José me ayudó a comprar el boleto para irme a Gutiérrez”, recuerda Rafaela, mientras con sus manos se rodea la cara, en señal de aflicción. En el trayecto, el bus fue parado por los agentes de migración. “El lugar dicen que se llama Arrocera, en donde agarran a los indocumentados. En ese momento me hice la dormida. Los de migración se subieron pidiendo los papeles y preguntándole a cada uno de dónde venían. Entre dormida y despierta, yo les dije que venía de La Concordia. Ese nombre fue mi salvación: La Concordia. Me habían dicho que digiera así, para que no sospecharan de mí, porque los que dijeron solamente Concordia se los llevaron“.
Rafaela llegó entonces a Tuxtla Gutiérrez, a la media noche. Tenía que apurarse, porque la sobrina la esperaba temprano en la frontera. La indicación era tomar el bus de primera clase. El boleto costó 125 mil pesos mexicanos, “sólo me quedaron unos centavos”, cuenta Rafaela. “Decían las personas que viajaban conmigo que en el bus de primera clase no registraban los de migración. Así que me tranquilicé durante el día y medio que viajé hacia Reynosa, frontera de México con Estados Unidos”. Aquí la suerte de Rafaela cambió.
Los nervios la traicionaron. Ya se encontraba a escasos metros de suelo americano, “sólo era ya cuestión de atravesarme el río Bravo”. Con la ayuda de un coyote que está a la espera de los ilegales que van por su cuenta, pasó la frontera. Pero no sirvió de nada, “en cuanto puse un pie en Estados Unidos la migra me cayó”.
Rafaela fue llevada a una la clínica de migración para que le hicieran un chequeo general y comprobar si tenía alguna enfermedad. Estuvo tres meses detenida, vistiendo un uniforme anaranjado, y si quería salir libre debía pagar una fianza de 3 mil dólares. Había como 100 mujeres de diferentes nacionalidades. Pero la salvadoreña tuvo la suerte de contar con la sobrina, quien consiguió una carta de apoyo firmada por un notario. Entonces la fianza se redujo a un mil 500 dólares.
En dos meses y medio, el abogado informó a Rafaela que si no conseguía salir libre en ese mes (febrero), la iban a deportar. “En esos días, conseguí con las amistades que hice ahí, hablarle a un fiador que me dio mil dólares; y mi sobrina ya había conseguido el resto. Así que logré salir”.
Ya en libertad, Rafael vivió diez años en Maryland, con su pariente. Trabajó como niñera y ama de casa, pero ahora se encuentra nuevamente en El Salvador. “Mis papeles jamás los arreglé, era bien caro y me arriesgaba a ser deportada”. |
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