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“Permitiría que mi hijo se uniera a las pandillas pero no aquí”

Mariella Ortez Sorto
Redacción

Emigró hacía Estados Unidos cuando apenas tenía tres años de edad para reencontrarse con sus padres en la ciudad de Los Ángeles, en los Estados Unidos. Regresó 25 años después, en el 2001, para reencontrarse con la familia que lo vio irse siendo un bebé.

Se enroló en las pandillas, estuvo preso y fue deportado con “ayuda” de su padre. Ahora tiene 27 años; un hijo, que a él no le importaría que fuera pandillero; y un trabajo estable en un call center.

¿Cómo era tu vida en Estados Unidos?

Iba a la escuela todos los días. Pero desde los nueve años, comencé a juntarme con pandillas y las frecuentaba. Cometía uno que otro delito menor, pero por eso no pueden meterte en la cárcel, así que solo me mandaban a reformatorios o internados donde tenías libertad para salir a cualquier lado. No era una cárcel, pero si tenías que presentarte con un oficial cada cierto tiempo. Comencé a trabajar a los 15 años en tiendas, asistente de fotografía y me ganaba la vida. Pero mi pasión era ser pandillero

¿Por qué te llamó la atención el ser pandillero?

Me llamaba la atención (suspira) por esa apariencia de malo. Yo, desde pequeño, los veía en carros chivos, ropa bien chiva y que siempre andaban con dinero. Entonces, eso era lo que a mí me gustaba y el hecho (sonríe) de que siempre andaban con las muchachas más bonitas, pero sobre todo porque ser malo era bueno. Todos te respetaban.

¿Alguna vez estuviste en prisión?

Sí, varias ocasiones. Como consecuencia de la última vez que estuve me deportaron.

¿Por qué motivo estuviste en prisión esa vez?

Me arrestaron por dos cargos de intento de homicidio y por asalto a mano armada. Cuando estaban peleando mi caso me hicieron la oferta de pasar un año en prisión por los cargos que se me imputaban. Pero en esa oferta jamás mencionaron que existía la posibilidad de ser deportado.

¿Por qué razón el juez decidió que tu caso ameritaba la deportación?

Todo tuvo que ver con el hecho de que mi papá, al hablar en mi juicio, comenzó a recordar cosas que habían sucedido cuando yo era más joven, delitos que había cometido, ya que yo había robado y otras cosas. Allá (Estados Unidos) cuando llegaste a la edad adulta, esos delitos no importan porque los cometiste cuando eras menor de edad, pero entonces el juez pensó que debido a mi pasado no era elegible para vivir en los Estados. Así que no tomó en consideración las cartas de recomendación y me mandó de regreso a El Salvador.

¿Le guardaste rencor a tu papá?

Al principio, sí. Por dos años lo culpaba que me mandaron pero la verdad es que mi papá nunca había tenido la experiencia de asistir a una audiencia con el juez, así que se dedicó a hablar y como recordó las cosas que hice antes, el juez no creyó que merecía estar en Estados Unidos. Pero mi papá es la única persona, a pesar de los conflictos que teníamos, que ha estado ahí para mí cuando necesité ayuda.

¿Cómo fue el viaje de regreso a El Salvador?

Horrible. Como yo era un “high risk ofender” (sujeto de alta peligrosidad) me traían encadenado con esas cadenas gruesas de bicicleta, y las esposas desde los pies hasta las manos. Me costaba moverme, y cuando comía en el avión era bien incómodo. Pero antes de aterrizar me las quitaron, para que pudiera bajarme del avión.

¿Quiénes te recibieron en el aeropuerto?

Nadie (Ríe). Lo que sucedió fue que a mi familia le habían dicho que iba a llegar un lunes, pero tuve que ir a Texas porque tenía que cumplir una mini sentencia. Mi familia estaba yendo todos los días al aeropuerto a esperarme, pero, como no tenían suficiente dinero para estar haciendo eso, el día que yo llegué no estaban. Así que con los 30 dólares que recaudaron allá (un grupo de gente en Migración), alquilé un pick up y me llevaron a San Salvador.

¿Cómo te sentías en la ciudad?

Al principio me quedaba con mi tía Ana, que era como mi mamá aquí, y mi abuela, que eran las que me cuidaban. Tuve uno que otro problema familiar con la hija de mi tía, así que me fui. Un tío me dio posada y me ayudó a conseguir trabajos pequeños pero después conseguí un cuarto y aunque me hacía falta estar allá, me daba mi lugar en la zona donde yo vivía.

¿Alguna vez tuviste problemas con los pandilleros locales?

Sí, siempre me buscaban pleito. Pero es que los pandilleros de aquí no son como los de allá; aquí son bien aguados, no tienen que ver con dinero, drogas y otras cosas como allá. Como yo no me les “ahuevaba” comenzaron a respetarme, porque cuando me buscaban para pelear, yo les daba “riata” a todos. Así me comenzaron a dejar tranquilo.

¿Qué te mantiene en el Salvador?

No tengo a dónde ir. No puedo ir a Los Ángeles porque si me voy ahí y cometo otro delito ya sería cadena perpetua. Tendría que irme a otro lado, pero mi familia está en Los Ángeles.

¿Si pudieras te volverías a ir?

Sí, y me iría mojado.

Mientras te acoplabas a El Salvador, ¿En algún momento te costó encontrar trabajo?

Al principio sí. Vendía “tapes” y cosas del colegio en tiendas pequeñas, pero unas primas me ayudaron. Primero me llevaron con ellas a unas clases que recibían por ahí por “Soya”. Eran de inglés pero yo llegaba de metido, porque como no salía de la casa ese era mi paseo. Ahí fue que escuche comentarios sobre un call center que estaba contratando gente bilingüe, pero estaba deprimido y pensaba que no me iban dar el puesto. Mis primas me incentivaron a que tratara de conseguir trabajo y que no me deprimiera. Así que gracias a su apoyo estoy bien en donde trabajo.

¿El hecho de ser deportado te obstaculizó a la hora encontrar trabajo?

Por el hecho de ser deportado no, más que todo era la apariencia de tipo rudo que tengo. Se me obstaculizaba más por la apariencia de pandillero.

¿Crees que las personas de El Salvador te discriminan por ser pandillero o por ser deportado?

Más que todo, por el hecho de que no tengo un título de universidad, no tengo una casa lujosa o bonita. Yo vivo en Soyapango y vos sabés que ahí la zona es de pandillas. Pero es más por el estatus social que por otra cosa.

¿Tu familia ha sufrido algún tipo de discriminación?

No, a ellos yo les trato de dar todo lo que pueda darles. Todo lo que yo gano en mi trabajo es para mi familia, pero no te voy a negar que en algunas ocasiones piense en cosas para mí.

¿Cómo han cambiado tus metas y prioridades desde que estabas en Estados Unidos hasta ahora?

Mis prioridades han cambiado desde que soy papá: mi hijo es un elemento esencial en mi vida. Él me llena de amor, ese amor que yo nunca tuve y que se lo puedo dar a él. “Junior” (Marco Landaverde hijo) es mi motivo de cambio. Quiero poder darle todo lo que pueda.

¿Permitirías que tu hijo siguiera tus pasos y se uniera a las pandillas?

Aquí, no; allá en los Estados, sí. Siendo un papá moderno como lo soy, y porque ya he vivido la experiencia de estar en las pandillas, siempre lo guiaría y le explicaría todas las consecuencias que trae ser miembro de una pandilla. Mi hijo podría ver qué es bueno y qué es malo para que él pueda elegir el camino a tomar.

¿Dejarías que tu hijo se fuera de mojado a Estados Unidos?

Sí, porque allá hay más oportunidades. El nivel educativo es mejor, las oportunidades de empleo son mejores, sobre todo que no importa en que te gradúes en la universidad. Siempre podés encontrar trabajo donde te lo propongas.

¿Qué extrañas más de estar en Estados Unidos?

Mi estilo de vida, poder salir, tener dinero. Yo por estar en la cárcel no pude vivir mi juventud como quería, y porque me mandaron de regreso. Eso es lo que más extraño de estar allá: Mi vida.