Frente a la espalda de la institucionalidad
Patricia Boulogne
Periodista
Elena Vega entra a su cafetería favorita y ordena un café grande y un pedazo de pastel con fresas. Ha llegado temprano y decide llevarse una revista para pasar el tiempo mientras espera a su amiga. Se sienta en las mesas de afuera del local, aprovechando la brisa que recorre San Salvador un sábado por la tarde.
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Foto: Patricia Boulogne |
A la Delegación de la PNC, en Antiguo Cuscatlán, fue la víctima a poner la denuncia. |
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Se permite fumar tres cigarros, ya que es fin de semana. Justo cuando decide encender el primero, lo ve.
El cigarro se le cae al piso y fue como si de repente ella se encontrara de regreso en ese cuarto donde pensó que se iba a morir. De manera inconsciente se frota la mejía derecha. Ahora, después de cuatro años, no hay rastro de los golpes, los arañazos, las mordidas que sufrió a manos de su ex-novio.
Recuerdos del suplicio
Ella tiene las manos húmedas, el corazón le late tan fuerte que siente que le romperá las costillas. Cada músculo en su cuerpo se tensa y la boca se le seca. Hoy o hace cuatro años no importa, el pánico es el mismo.
Elena tenía 17 años cuando conoció a Alfredo en un bar. Era un muchacho agradable, de una buena familia. Acababa de graduarse de la Escuela Americana y estaba empezando su carrera de medicina en la Universidad Evangélica. Eran novios para cuando Elena tenía 18 años. Y tenía 19 cuando recibió la primera bofetada.
Fue una discusión más, pero dejó de ser como cualquier otra disputa cuando él la empujó. Estaban en casa de Alfredo, en su sala. El día anterior habían tenido un pleito, y Elena había llegado a verlo para disculparse.
“¿Quién te dijo que podías venir?” Le dijo Alfredo y la buena voluntad de Elena de disculparse desapareció. Ella se enojó y él la ignoró. Ella le gritó y él la insultó. Ella le dijo que lo iba a dejar, y él le dio una bofetada. Elena se detuvo en shock, y pensó que eso no le podía estar pasando.
Si el primer golpe la inmoviliza, el segundo la despierta. La sangre le palpita tan fuerte que es lo único que puede escuchar, como un mar enfurecido. Elena se cubre la cara, lo hace de manera automática pues no puede pensar. Lo único en su mente es que tiene que salir. Huir de ese lugar, de ese cuarto, de él.
Lo aruña y siente como le corta la piel. La siguiente bofetada que recibe la hace perder el equilibrio y ella cae con él encima. “Estoy sola y me voy a morir”, piensa Elena cuando siente la mordida en su hombro y el temor escala a pánico.
Grita cuando él logra atrapar sus manos y le quiebra sus uñas, sus únicas armas. El terror la ahoga y cada respiro es un grito que la quema por dentro. Se retuerce y patalea, todo para irse lejos. Su rodilla conecta con la boca del estómago de él y le saca el aire. Ella tiene menos de un segundo para escapar, pero es suficiente. Corre hacia su carro, con piernas que de repente parecen no tener huesos, y huye.
Aun cuatro años después se pregunta cómo le fue posible patear los pedales si le temblaba tanto el cuerpo.
La frustrada denuncia
Recuerda como al día siguiente del encuentro violento fue a la Delegación de la PNC en Antiguo Cuscatlán, que quedaba a pocas cuadras de su casa, a poner la denuncia. Su mejía estaba levemente morada, su labio inferior hinchado, cuatro dedos púrpuras y casi sin uñas. Una mordida en su hombro. El agente David Ramos la atendió y revisó sus heridas, las tocó para saber si eran reales y anotó todo en un archivo. Cuando ella pidió una orden de restricción, el señor tan solo le sonrió. “Señorita,” le contesta, “eso sólo se puede tramitar cuando las heridas tardan más de siete días en sanar. Regrese en una semana y entonces veremos.”
Elena sale de la estación y voltea a ver la institución que le dio la espalda. Y de repente siente como se le vuelve a acelerar el corazón, como le quema el aliento, como la vista se le torna borrosa.
“Dios mío, estoy sola”, susurra y todo le vuelve a doler, cada morete, cada herida; y el temor la paraliza, la hace temblar y lo único que sabe con certeza es que está sola y se va a morir, y no puede respirar, no puede respirar, no puedo respirar…
Se sobresalta cuando siente la mano en su hombro.
“¡Perdón por llegar tarde!” Elena mira como su Gaby se sienta en la silla de en frente y ordena su café. Ya no está en aquella sala con Alfredo, ni en la estación de policía con el agente Ramos. Voltea a ver sus manos, sus uñas acrílicas, brillosas, limpias, perfectas. No puede ver ni la sangre ni los moretes ni las uñas quebradas, pero aun lo siente.
Se fuma dos cigarrillos seguidos, para el tercero le deja de temblar la mano y espera que si lo desea lo suficiente, quizás las pesadillas no lleguen esa noche. |