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Obras testimoniales son un reflejo de las violaciones al DIH

Por Manuel Ramírez
Periodista

Libros, prohibidos y censurados en la época del conflicto armado en El Salvador, ahora son libres para contar una realidad que estuvo oculta: las injusticias y las violaciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH) en niñas, niños, mujeres, hombres salvadoreños y extranjeros.

Foto: Manuel Ramírez

Discernimiento. Mario Jiménez explica sobre las violaciones al DIH que se ilustran en la obra “Del Ejército Nacional al Ejército Guerrillero”.

Cuando la pluma metálica con tinta fina firmó los Acuerdos de Paz en 1992, no solo se liberó la vida de un pueblo, sino también la herencia de los testimonios de las víctimas que murierony de los sobrevivientes que sufrieron la guerra.

Manlio Argueta, escritor de la obra “Un día en la vida”, opinó: “las obras testimoniales tienen un gran valor, porque representan una historia creíble, hecha desde los testigos. Sin embargo, no es historia oficial, es historia con emoción, con vida de quienes han pasado o conocido las experiencias que se expresan en el testimonio”.

Las obras testimoniales, como “Del Ejército Nacional al Ejército Guerrillero” (1979), “No me agarran viva” (1987), “Cárceles Clandestinas” (1992), “Nunca estuve sola” (1988), etc., son narraciones en donde la constante es la violación al DIH por las partes en conflicto. En la obra “La terquedad del Izote”, de Carlos Antonio Cosalvi, se ilustran casos como la masacre del río Sumpul, en Chalatenango, en donde ancianos, niñas, niños y mujeres civiles fueron masacrados por el ejército salvadoreño.

El principal objetivo del DIH en tiempos de guerra o de conflicto armado es limitar y evitar el sufrimiento humano. Argueta, ante las violaciones, declaró que la represión fue de carácter atroz, “como nunca se había presentado en cualquier otro país: el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, de los sacerdotes jesuitas y de las monjas norteamericanas cuando venían del aeropuerto. Hay miles de ejemplos, pero estos tres bastan para reflexionar lo odioso y horrendo que fueron los años de conflicto”.

El legado

La conservación de la memoria histórica y el conocimiento de las nuevas generaciones salvadoreñas de los hechos inhumanos y las violaciones al DIH durante el conflicto armado son uno de los aportes de las obras testimoniales.

Mario Jiménez, de 50 años de edad y aficionado a libros que hablan de la guerra, destacó que las lecturas son de suma importancia para la juventud y sociedad en general. “Los libros son parte de la historia y parte de nuestra identidad, que no debe de morir. En ellos se encuentra la cruda realidad de la guerra, los extractos de violaciones al DIH y los sufrimientos de nuestra gente,” expresó el ciudadano.

De igual manera, Manuel Noyola, de 25 años y que estuvo refugiado en Honduras durante el conflicto armado, expresó que los escritos de autores como Manlio Argueta, Guadalupe Martínez y Claribel Alegría Flakoll han alimentado su conocimiento acerca de lo que se vivió en la guerra: “masacres como la del Mozote, nunca las hubiese llegado a conocer y a vivir por medio de la descripción literaria, sino existieran estas obras de estos autores y autoras salvadoreños”.

El protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra, del 12 de agosto de 1949, referente a la protección de las víctimas de los conflictos armados no internacionales en su artículo número 13 dice que la población civil y las personas civiles gozarán de protección general contra los peligros procedentes de operaciones militares.

Andrea Dubón es una de los personajes en la obra “Historia para tener presentes” (2002). Su testimonio describe parte del operativo de limpieza implementado por el ejército nacional en Chalatenango. De niña, perdió su brazo izquierdo a causa de una esquirla al explotar una bomba; además, por el hostigamiento militar y por sus heridas de gravedad, en la “guinda” se separó de sus padres. “Unos soldados que pasaban me recogieron y me llevaron a la Cruz Roja, luego fui llevada a las Aldeas SOS, lugar en el que viví desde 1982 a 1994, año en el que también me reconcilié con mi familia, por medio de la Asociación Pro-Búsqueda de niños y niñas desaparecidos”, reveló Dubón.

Dubón decidió dar el testimonio para que la gente, nacional e internacional, conociera sobre la guerra de El Salvador y que las instituciones educativas difundieran sobre el hecho histórico, “y para que esta no vuelva a suceder en nuestro país”.

Asimismo, Argueta subrayó que sus obras son de ficción, pero expresadas desde lo real y por lo que sirven de pauta para que se estudie dentro de otras áreas que no son las literarias, los sucesos históricos. “Mi obra se conoce mucho en universidades de los Estados Unidos, no solo en el área literaria sino en la sociológica, antropológica e histórica. Esto despierta conciencia en otros países, y también en el nuestro con los jóvenes que leen. Desde ese punto de vista, creo que es un aporte valioso de mi literatura”.

 

 

 

 

 

Sembradores de la memoria histórica
 

Las diferentes editoriales son conscientes del “boom” de las obras que hacen referencia al conflicto armado

 

“Muerte y vida en Morazán” ($3.75), de María López Vigil, UCA editores. El libro cuenta la vida del sacerdote Rogelio Ponceele, quien acompañó al pueblo dentro de la guerrilla salvadoreña.

 

“Morazán: recuerdos del futuro” ($16), publicada en el 2006, por el Museo de la Palabra y la Imagen.

 

Las obras testimoniales tomaron más auge en la década de los 80s en el extranjero, y en El Salvador a principio de los 90s.