Una tarde en la cripta
Por
Teresa Argueta
Periodista
La ilusión de encontrarse con el "santo de América" es más poderosa que el cansancio de la faena del día. Es tarde y aún hay energía para visitarle y formar parte de la celebración.
Mientras se pelea entre platos y cacerolas, en la cocina de su "patrona", su mente recrea la imagen del personaje que ésta tarde estará en la cripta. No le conoce. Pero, sí ha oído hablar de su trabajo pastoral a través del libro, "Testimonio de Morazán".
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Foto: Teresa Argueta |
Feligresía. Cientos de personas se dan cita todas las tardes en cripta de Catedral Metropolitana para celebrar un aniversario más de su "Santo de América" Monseñor Romero |
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En el texto se narra la vida de la población durante el conflicto armado y el papel que desempeñó un sacerdote en esta zona del nororiente del país.
"Creí que después de la guerra se había ido", dice María Cristina Molina de Cruz. Ella trata de asistir a todas las actividades que se realizan en la cripta para conmemorar el 28 aniversario de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Ésta tarde, terminó con anticipación su jornada. Todos los días viaja desde la colonia Costa Rica hasta la San Benito. Desde ese barrio residencial de clase alta bajará al centro de la ciudad, donde asistirá a las actividades que se realizan en la cripta de Catedral Metropolitana. En este lugar descansan los restos mortales de Monseñor.
A ella le movía el sentimiento de encontrarse y conocer en persona "al sacerdote que está con los pobres", dice. Y de quien habla es de Rogelio Poncelle, quien es un hombre que trabaja con las comunidades Eclesiales de Base, en el departamento de Morazán.
Sentada en una grada, sumida en silencio absoluto, mira para todos lados como en busca de encontrar algo perdido. De pronto, extrae de su bolso azul una estampa con la figura de Romero. "Es mi compañera, siempre me acompaña y protege", confiesa.
El desconocido
Con paso lento, baja las gradas, no se oye otra voz más que la de un hombre que se escucha por los altavoces. El sueño por conocer lo desconocido se ha hecho realidad. En el altar mayor, frente a una mesa, se encuentran dos señores que ya rondan los 60 años.
Uno sobresale por el color de su piel, altura, es rubio y blanco; parece un abuelo bonachón. El tiempo se detiene para Cristina, por fin tiene en frente al "sacerdote del libro".
"¡Dios mío, es Rogelio Poncelle!", dice, al momento en que la sangre se le sube a su rostro, que ahora de blanco se ha pasado a rojo; sus ojos se llenan de lágrimas. "Es que sacerdotes como éste son los que necesitamos", reflexiona.
En ese momento, Poncelle invita a que cada individuo debe hacer la diferencia en sus respectivas comunidades y se debe comenzar por cambiar uno mismo.
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Foto: Ana Méndez |
Cristina Molina no puede irse de la Cripta sin tocar al "Santo de América" |
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No es la primera vez que este religioso participa en las ponencias. En cada aniversario de Romero, se le invita a formar parte de la celebración.
Romero de los pobres
Hace diez minutos que comenzó la intervención de Poncelle, no hay sillas disponibles, sólo uno que otro espacio entre las gradas. Ni modo. Niños, jóvenes y adultos comparten el palco. Por unos instantes, la mirada de la feligresía se pierde, "sólo me recuerdo de las prédicas que Monseñor hacía allí arriba", dice Lucinda Garay, otra feligrés, que ha llegado a la cita en la cripta.
Quienes le conocieron sienten que la herida no sana."Él nos dio consuelo y paz; se preocupaba por nosotros los pobres", afirma Francisca Bonilla, feligrés que le conoció en vida y recuerda sus homilías.
En el micrófono dicen que Romero, antes que cristiano, fue amigo de su pueblo. El público responde con un aplauso atronador.
A favor, en contra
Romero es el tema de conversación para los asistentes de la cripta. Las personas en su mayoría, hablan del trabajo pastoral que desempeñó con los pobres. Son muchos los que afirman haberle conocido, pero cada quien crea su propia imagen desde su concepción. Y los defiende a capa y espada. Lo que comenzó como una conversación tranquila, terminó en discusión.
- Romero fue un hombre revolucionario como Jesús, dice una mujer.
El compañero que ésta a su lado responde:
- Lástima que se metió en política.
Ella, visiblemente molesta, reacciona y le contesta con voz firme:
- Un arenero no puede ser cristiano porque eso implica revelarse y ponerse a favor de los pobres.
Mientras la voz de Poncelle sigue escuchándose en los altavoces, esta pareja de feligreses sigue discutiendo. El dime y te diré no acaba, pues ninguno de los dos acepta los argumentos del otro.
Las 300 personas presentes en este acto ecuménico hacen que la cripta se vea demasiado pequeña. No hay espacio donde sentarse; solamente hay lugar para apoyarse en la pared. Sin importar el espacio donde estén, todos cantan a todo pulmón canciones como: "Papá Monseñor", "Por ésta tierra del hambre", "Cristo mesoamericano". Cada vez que suena uno de éstos, las personas se ponen de pie, comienzan a aplaudir y no paran hasta finalizar.
A la cripta, asisten tanto salvadoreños como extranjeros. Ante su tumba se inclinan, se arrodillan y le dedican oraciones. Sin importar su credo religioso.
A 28 años del asesinato de Romero, aún no ha sido canonizado. Esto no es impedimento para que los feligreses le consideren santo. "Romero es nuestro santo, por eso todas las noches le rezamos en familia", confiesa María Cristina Molina de Cruz. Al momento que compara la figura de Monseñor con la de Poncelle a quien considera uno de los sacerdotes que "trabaja por los pobres".
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